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Poemas

 

Yuri Pérez

 
   

Inmediatez.
El horizonte al alcance
de la mano.
Plumas levísimas
del instante  necesario
para recorrer
la distancia
que casi no existe.

En sueños
se combinan cielos claros
con casas a oscuras,
como los pintó Magritte.
Un
paisaje
paradojal.
La contradicción se suspende,
al peregrinar
por la finura cromática
de la realización
del deseo.

Clásico el vacío,
clásico el silencio,
de esta tarde
en la ciudad.
El paisaje
es una voz
sorda,
que hipnotizó a los habitantes.
Cruzo,
con mutua sorpresa,
a los otros no convocados
por la pasión.

Bosque
de rectángulos iluminados,
que avanza
hacia
mi.
Soy aldeano
de una comarca
fugaz.

No te acerques.
El viento
sacude
las murallas,
habrá desmoronamientos.
A lo lejos
la planicie
se alborota,
interrogándome.
Si desconozco la respuesta
me devorará,
con glotonería de esfinge.

Ojos color sepia:
un paisaje de naranjos
se ausenta.
en el tiempo.
La exageración
de las pupilas
intenta el rescate.
Cuatro generaciones después
continúa
el extravío.

Está
en las nervaduras
de una hoja dorada,
en el pétalo de una flor
de interregno,
en el ojo nacarado
de un mosca, en los círculos concéntricos
que trizan al lago.
Cada detalle
alberga
intimidad de mapa.

Gritos
de protesta
en el jardín de los faisanes.
Me pierdo
en encrucijadas,
bajo árboles aromáticos.
Tu rayo
será la llave
de la plazoleta.
Todo me cubre
con ropaje de asombrado terciopelo.

Soy un vagabundo
escondido
en el territorio casual
de mis ojos
cerrados.
Oscuridad
es la palabra que me guía.
El panorama
concluye
en el párpado.

Vienen
de un mundo ajeno.
Para afianzar
su ser
han usurpado un vasto
espacio verde a los paseantes.
Observo,
mudo,
la mímica del juego.

Abandonado
en este punto geográfico
y a la espera.
El paisaje
son los otros,
las carcajadas y los gestos,
alguna canina perplejidad.
Cada parpadeo es una tijera
oxidada,
parcial
inútil.
La mirada
deviene
playa desolada y perpetua.

No alcanzo el horizonte,
tampoco el cielo.
Las islas están lejos,
nada detiene al río ni a las estaciones.
Es casi irreal
el cincel
de las hojas,
la demarcación cromática de las temporadas,
la incursión
indefinida
del viento.

Panorama
en el lenguaje,
en el trauma.
Cada complejo un risco,
una selva, un mar,
significantes.
Le temo al camino.
Muere
el paisaje
tras el vallado
del discurso en el diván

Salta
en su única pierna,
me conduce por los senderos umbrosos.
Mi secreto ha sido descubierto.
Las mariposas azules
crecen
conforme nos acercamos
a lo más profundo
del bosque,
no se arriesgan
a revolotear
sobre los acantilados.
Allí
reinan los lagartos.
El  recuerdo de nuestro paso
se perderá,
pronto,
en la memoria de una cascada.

Presencia
constante
del islote
frente a la felicidad.
¿Quién se atreve a nadar con tiburones?
Al cálido manto del agua
sucede
la frialdad de la tierra.
El paisaje
que otros ven,
me incorpora.

Archipiélago supérstite.
La ola
alegórica
se sacia
con la policromía
sinfín
de la materia.
Somos sutiles caramelos
que acicatean
a una gula
prepotente.

Asfixia nacida
en una casa sin ventanas a la calle.
Hacia el dibujo psicomágico
me llevó
la intuición.
Fallé.
Ningún alivio trajeron
los vitrales que horadaban
mansiones imaginarias.
El aire se precipitaba al cielo
desde el patio amurallado.
Así,
el país de la infancia no se abandona jamás,
cerrada la frontera
por la certeza de que para algunos
el  paisaje es imposible.

 
     
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