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El Heresiarca

 
Gonzalo Bizama Muñoz  
   

- ¿ De qué gran delito podéis acusarme, Señores Jueces?, - preguntó Benjamín Benedictus Ben Baruch a los magistrados -, ¿ cuando yo, pobre amanuense sefardí de Constantinopla, lo único que he hecho es dar a conocer los secretos más olvidados y conocimientos adquiridos por Nuestro Señor Jesucristo?. Toda esa sabiduría sin unión, que como espigas desparramadas en el campo que no pueden dar frutos porque no han sido enhorcadas y molidas y se pierden cuando se las comen las aves, o los sicómoros que cuando no se cosechan se vuelven estériles con los años, o son como los siconios que se vuelven agrios cuando se les descuida. Así se vuelven las enseñanzas de nuestro maestro y así se torna nuestra fe cuando no se la conoce. Yo que por medio de rollos y palimpsestos conocí cuanto hubo de estudiar nuestro Señor para darnos a conocer la palabra. A Filón, el Alejandrino, a Zenón y los maestros del estoicismo, y a Platón el ateniense como vertientes de su sabiduría. Ahora sé como muchas de las cosas se religan más con el mundo que con el Padre. Ahora comprendo como la religión romana con sus Dioses y diocesillos locales se había vuelto árida y prosaica y ya nada decía al corazón del artesano oprimido, al colono expropiado, al esclavo bárbaro. ¿Qué podía decir el “Genio Bueno” del emperador, la Diosa Roma o la Diosa Vesta protectora del hogar doméstico, o Silvano dios de los bosques al que nada poseía.

¿De qué servían las predicciones y las teurgias de los augures y los arúspices, de qué lado come la gallina, hacia donde vuela el avis, o de que color son las entrañas de la cabra si ya nada podía cambiar la suerte de los siervos?

Nuestros cultos orientales en cambio, atrajeron más a las gentes sumidas en la desesperanza y en la apatía, incluso a endurecidos centuriones de la Legión en la frontera, a velites de manípulo, y entre los funcionarios a antiguos cuestores, ediles e incluso tribunos de la plebe.

Los cultos místicos como los de Osiris e Isis en Siria y Egipto, los de Actis y Cibeles en Babilonia, Tammuz en Ishtar e incluso Dios-Nhysos, el griego. Dioses salvadores, dioses liberadores que redimían con su muerte los pecados del hombre y con su resurrección nos daban esperanza en la vida eterna.

Los misterios de sus cultos nos acercaban a lo místico, asequibles solo a los iniciados y los más fieles seguidores; sus servicios dramatizados, la iluminación esplendente, la luz y la penumbra, los cultos colectivos, la música y la danza desenfrenada nos proporcionaban la conmoción suficiente para acercar lo divino.
Nosotros los judíos, una pequeña colonia en la pro-vincere romana de Palestina, ya teníamos a nuestro propio Dios ubicuo, errabundo y universal, lo que nos dio siempre mayor sentido de humanidad al trascender lo estrictamente local.

Al tiempo, nuestra casta de sacerdotes siempre en contradicción y oposición a nuestros profetas; los primeros conservadores de la ley judía y La Torá, y los segundos grandes provocadores, agitadores y promotores del cambio. El elemento sin orden, verdaderamente innovador y precursor de nuestra sociedad, (¿Saúl, tu también entre los profetas?), algunos eran falsos pero otros muy verdaderos.
- Sois como el opio para la plebe – nos decían algunos gentiles y judíos de poca fe, al no poder nosotros cambiar totalmente el estado de cosas. Sí les respondíamos, somos el corazón de un mundo sin corazón, somos el llanto de la criatura herida, somos un bálsamo para el sufriente, somos el opio del pueblo... pero no nos importaba porque nuestra ultima finalidad era nivelar al menos moralmente a los pueblos y a los hombres, al amo y al siervo, al fornicario y la prostituta. (Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja...)

Luego, cuando nuestro Maestro entró en Jerusalén montado en el pollino para ser condenado al Supplicium Servile en La Calavera, (destinado solamente a los rebeldes, los delincuentes y los esclavos, jamás a la Civitas Romana), su ofrenda de amor fue cumplida y vivirá en nuestros corazones y en nuestra memoria. De ahí nadie más puede saber. Quizás otros hombres justos, que no como los hipócritas y los fariseos anden invocando falsamente a Dios, cumplan con la parte de deber que nosotros nunca podremos cumplir. De verdad os digo todo esto.

Los jueces inmutables se miraron sin comprender cabalmente las palabras de Benjamín Ben Baruch, se reunieron y el Sumo magistrado dictó la sentencia:
- Por proclamar doctrinas teofobas y maníacas, contrarias a los atributos de Dios y sus perfecciones a la luz de la revelación y por dictar enseñanzas heréticas, abiertamente cripto-judías se condena al acusado al servicio permanente de galeote en galeras. En el año 5 de Nuestro Emperador Constantino.

Benjamín asumió su castigo con serenidad, pero al comprobar como una vez más el dogma era más fuerte que la idea, la letra que el espíritu, el odio que el amor, al ver la inconsecuencia ética e intelectual de sus jueces lloró por impotencia.

 
     
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